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Marxismo en el siglo XXI

POR ALBERTO IBARROLA OYÓN – Viernes, 29 de Julio de 2016 –

DE acuerdo a la influencia del movimiento obrero y a la oposición al franquismo, en la década de los 70 del siglo XX el marxismo capitaneó el pensamiento político en el Estado español, lo mismo que en otras partes del mundo. Muchos “ismos” dependientes de aquel, como leninismo, maoísmo, trotskismo, estalinismo (este último con un sentido peyorativo), etcétera, pululaban por las conversaciones y publicaciones políticas. Cada uno se diferenciaba del otro en importantes matices que propiciaban una gran desunión en la izquierda, algo que perdura en nuestros días. En realidad, en el Estado español fue el expresidente del Gobierno, Felipe González, quien encabezó la ruptura con esa moda cuando obligó al PSOE, en contra del sentir de la mayoría de la militancia socialista, a abandonar el marxismo como fundamento ideológico para pasar a considerarlo un mero método de análisis de la realidad. Una década después, esa tendencia se acentuó cuando la URSS y el bloque comunista comenzaron a desmoronarse. En la actualidad, aparece como una ideología residual. De una tendencia mayoritaria ha pasado en este primer periodo del siglo XXI a la irrelevancia política y filosófica.

Este olvido de las ideas de Karl Marx se ha extendido al campo intelectual y, en la actualidad, muy pocos pensadores oficiales consideran necesario el estudio de este pensador e ideólogo alemán del siglo XIX que tanto influyó en los acontecimientos históricos del siglo XX. La ideología marxista contiene graves errores, como el concepto de dictadura del proletariado o que propugne el uso de la violencia por parte de la clase obrera para conseguir subvertir el sistema capitalista. Además, podría considerarse, con matices, un sistema de respuestas a una situación concreta que se producía en el siglo XIX. La realidad actual exige otras soluciones. El fracaso de gran parte de sus postulados quedó bien patente cuando cayó el Muro de Berlín. Además, disponemos de muchos otros economistas, historiadores, políticos, filósofos, periodistas, literatos… clásicos o contemporáneos cuyo pensamiento cobra una importancia innegable.

Sin embargo, en otros aspectos de su obra, como en el análisis de las relaciones entre consumo, producción y salarios, y la dinámica competitiva entre obreros y patronos, su lucidez es pasmosa y, creo, merece ser estudiada todavía, no como a un intelectual superior o insuperable, pero sí como a un pensador clásico destacado, lo mismo que lo puedan ser, por ejemplo, Schopenhauer, Nietzsche, Kant u Ortega y Gasset. Marx interpretaba la historia como una lucha por conseguir los medios de producción y por apoderarse de los recursos naturales y de la riqueza. No seré yo quien niegue motivos mucho más bellos para las acciones de muchas personas y colectivos, pero es inapelable que el dinero ocupa un lugar preeminente en la explicación de nuestro comportamiento, aunque solo sea porque el sistema capitalista determina que todo, incluso lo que cubre nuestras necesidades más básicas, cobra un valor en el mercado que solo se satisface con el vil metal.

Las teorías economicistas actuales tienden a dejar de lado las cuestiones éticas en favor de los meros beneficios empresariales. El neoliberalismo imperante valora a cada persona solo por su capacidad de generar réditos económicos a las grandes corporaciones empresariales. El marxismo, al menos, consideraba a los asalariados y desposeídos como seres humanos y aunque fallido surgió como un intento plausible de alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Tal vez sean erróneos tanto la preponderancia del pensamiento marxista durante el siglo XX frente a otras corrientes filosóficas y políticas, como el injusto ostracismo al que se le quiere condenar en el siglo XXI.

El autor es escritor

www.deia.com

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