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Arte y profanación

POR ALBERTO IBARROLA OYÓN – Martes, 15 de Marzo de 2016 –

Hasta la Revolución Francesa, los cánones de la belleza artística en Occidente los establecieron a grandes rasgos los clásicos grecolatinos y la Iglesia. Ya en el siglo XX, tras el Octubre Rojo y las dos guerras mundiales, las leyes de la libertad creativa se ampliaron para encauzar nuevas formas expresivas de la magnitud de los crímenes perpetrados por el nazismo, el fascismo y el estalinismo, de los que el Estado español no se libró, pues la Guerra Civil fue un preludio de la II Guerra Mundial. Así, cuando, por ejemplo, leemos un poema de Blas de Otero (la poesía es también un arte), no hallamos una belleza formal stricto sensu, pero sí sentimos una inquietante emoción como resultado de tomar conciencia del horror de esas guerras y genocidios.

En pleno siglo XXI, resulta anacrónica la judicialización del apasionado debate que ha suscitado la exposición Desenterrados del artista Abel Azcona en el Monumento a los Caídos de Pamplona, estrambótico edificio que encierra simbología franquista y la cripta de dos de los golpistas que pusieron fin a la II República e iniciaron la Guerra Civil. Meses antes, el mismo artista había conducido la performance Enterrados, que simboliza las fosas donde se arrojaron los cadáveres de los asesinados republicanos y cuyas fotografías se incluyeron en la exposición. Por desgracia, la controversia no se ha centrado sobre esta sección y sí, en cambio, en si existe sacrilegio en la fotografía Amén, donde escribió la palabra pederastia con hostias consagradas. La responsabilidad de la polémica le corresponde en gran parte al propio artista, al haber incluido formas consagradas como parte de la exposición, algo totalmente innecesario desde el punto de vista artístico; la fotografía habría sido la misma si las hubiese utilizado sin consagrar. La repercusión así es mayor, pero a la vez se comete un sacrilegio, hecho grave para los católicos.

En pleno s. XXI, resulta anacrónica la judicialización del apasionado debate que ha suscitado la exposición ‘Desenterrados’ de Abel Azcona en el Monumento a los Caídos

Abel Azcona se ha enfrentado a una demanda por infringir la ley que protege los sentimientos religiosos, que se pretende ampliar a la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona, Maider Beloki. A este respecto, cabe señalar que la existencia de determinados dogmas propuestos por una confesión como verdades irrefutables no puede imponerse sobre quienes no profesan esa fe. El Estado debe velar por los derechos de todos los ciudadanos, cristianos o no cristianos, creyentes o no creyentes, en igualdad ante la Ley. Que Abel Azcona tal vez se equivocase con su profanación no debería conllevar una responsabilidad penal, por la misma doctrina o razón legal que consiente la manipuladora concesión de una medalla al mérito policial a la Virgen María por un ministro de Interior ante la inminencia de unas elecciones. La necesaria separación entre Estado e Iglesia no tiene por qué arrinconar los actos religiosos a los círculos estrictamente privados, pero sí promover y garantizar una legalidad acorde a todas las formas de pensar y creencias. La Iglesia está en su derecho de intentar convencer pero sin proselitismo, con una difusión adecuada de la palabra del Evangelio, mensaje de amor y de perdón muy alejado de las amenazas e insultos que recibieron Abel Azcona y todos los que intentaron evitar que se le linchase públicamente.

La transgresión religiosa y el sacrilegio no son una vanguardia artística; han existido siempre. La diferencia se halla en que antaño actuaba con gran celo una rígida censura al servicio de la Iglesia y, ahora, esta institución debe ser mucho más persuasiva, sobre todo con el ejemplo, en el que ha fallado clamorosamente, ya que la pederastia es un crimen horrendo, totalmente reprobable, lo que Abel Azcona deseaba denunciar. Y ante eso, cabe preguntarse si puede haber mayor sacrilegio que profanar la inocencia de un niño o una niña utilizando el poder y la influencia que otorga una sotana. No seamos hipócritas, por favor.

El autor es escritor

 www.noticiasdenavarra.com

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